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jueves, 3 de mayo de 2012

Los fusilamientos de la Moncloa (El Tres de mayo) de Goya

                                                                                                                                                                             

Se trata de un gran óleo sobre lienzo pintado en 1814, según apuntes tomados durante los años de la Guerra de la Independencia de España (1808-1814). Pertenece a la etapa de Goya de plena madurez, cuando ya aquejado de la sordera que le quedó como secuela de una grave enfermedad que casi le costó la vida, su visión de la pintura y de la vida había superado la etapa anterior, colorista, optimista y alegre. La guerra supuso para la extraordinaria sensibilidad del artista un auténtico revulsivo, ya que como hombre profundamente ilustrado, abomina de la guerra como elemento principal de la sinrazón humana, conflicto que, además enfrenta a la Francia que encarna algunos de los valores que más admira, con el pueblo español al que él pertenece. La guerra le va a inspirar la famosa serie de grabados denominados “Los Desastres de la guerra” y dos cuadros de gran formato, el que estamos comentando y “La carga de los mamelucos” (conocido también como “El dos de mayo”), comentado ayer.
Esta obra reproduce una escena real ocurrida en Madrid, los fusilamientos del día tres de mayo de 1808 en la Moncloa por las tropas invasoras francesas de Napoleón Bonaparte, contra los españoles que el día anterior protagonizaron una revuelta popular, para tratar de impedir el traslado a Bayona (Francia) del hijo pequeño del rey Carlos IV, el infante Francisco de Paula, revuelta que inició el conflicto de la Guerra de la Independencia. Se trata de una pintura que expresa de forma conmovedora y con gran patetismo la violencia sin sentido que la guerra encarna.




Este magnífico cuadro lo ha realizado el auxiliar administrativo del cole, nuestro admirado Vicente, y lo podéis admirar en la SALA GOYA de nuestro centro

Es una obra de carácter casi fotográfico que nos muestra a un grupo de hombres de condición humilde, espontáneos, desorganizados que, horrorizados se enfrentan al pelotón de fusilamiento que, bien vestidos con sus uniformes, armados y perfectamente alineados, se muestran de espaldas, sin enseñar sus rostros, para mostrar la deshumanización del ejército, en el que lo importante es que actúe como una “máquina de matar”. No aparecen héroes, ni generales victoriosos, ni ningún elemento que muestre o glorifique el honor de la guerra (como sí hacían los artistas neoclásicos), los protagonistas inmortalizados son el pueblo roto que va a morir en soledad con cada uno de los individuos que lo componen enfrentándose a la muerte adoptando diferentes actitudes, con los dedos crispados, llevándose las manos a la cabeza, gritando y , sobre todo mirando con ojos desorbitados ante el horror del que son protagonistas.
Cuadro realizado por todas las clases del tercer ciclo


La expresividad de los rostros alcanza una gran magnitud y fuerza, expresando la irracionalidad de la guerra (no sólo de la concreta, sino de cualquiera), comunicando con una fuerza precursora del expresionismo del siglo XX el sentimiento de los protagonistas. Goya logra representar como nadie hasta entonces un monumento eterno al heroísmo anónimo de un puñado de hombres frente a la violencia ciega de la guerra.




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