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lunes, 10 de septiembre de 2012

El rey extraterrestre gruñón. Cuentos para Ulises



Había una vez, en un planeta muy lejano, una civilización que estaba en constante progreso tecnológico. Cada día salían inventos nuevos que dejaban anticuados los inventos del día anterior. El planeta entero experimentaba cada día avances sorprendentes. Pero al rey de ese planeta no le gustaban tantos avances:

-    No me gusta tanto avance, no soporto tanto progreso.

Hay que decir queridos niños y niñas que el rey de ese planeta era un rey muy gruñón, ¿y por qué no le gustaba tanto progreso al rey gruñón? Os preguntaréis queridos niños y niñas. Muy fácil, era tanto el progreso que el rey tenía que cambiar constantemente  los electrodomésticos de palacio:

-         Tengo que tirar esta computadora que compré ayer porque hoy ha salido una más avanzada.

Y así con todo. Cada día el rey gruñón tiraba lo que había comprado el día anterior para adquirir los avances del día presente.

Un buen día el rey gruñón decidió tomar una firme decisión. Reunió a todos los científicos del planeta y de esta forma les habló:

-         Científicos del planeta aquí reunidos. Escuchadme. Se acabó el progreso. Basta de inventar. Nos quedamos como estamos.

Y así fue como en aquel planeta se acabó el progreso. El rey y todos sus habitantes ya no tenían que cambiar de electrodomésticos porque éstos duraban mucho, mucho, mucho tiempo.

-         Qué feliz soy ahora. Con cosas que duran mucho tiempo

Pero un buen día el rey púsose enfermo.

-         Me encuentro muy mal.

Acudió a los médicos del planeta y éstos le dijeron que su mal todavía no tenía curación, que para curarse era necesario seguir avanzando, que para encontrar la vacuna contra su mal tenía que reanudar el progreso.

-         Bueno, que se reanude el progreso.

Y así fue como el rey gruñón curose  y dejó de ser gruñón y disfrutar de las maravillas tecnológicas.
Esto os enseñará queridos niños y niñas que aunque el progreso tenga cosas mala, éstas quedan compensadas por el simple hecho de que un ser humano, uno solo, pueda ser curado de una terrible enfermedad.

Y colorín colorado este cuento con moraleja clásica ha terminado.

Podéis escuchar esta joyita con las voces prodigiosas de Juan Carlos Ortega.






miércoles, 14 de marzo de 2012

Cuentos para Ulises: El talento ajeno


Había una vez un escritor que no tenía mucho talento. Llamábase Abelardo y su sueño era convertirse en el mejor escritor del mundo. Pero no lo conseguía.
Sin embargo Abelardo seguía en su empeño y, a lo largo de los 365 días de año dedicábase a añadir palabras y palabras en hojas en blanco.

-¡Vaya porquería que escribo! ¡No tengo talento!

Esto queridos niños y niñas es algo que pasa a muchos escritores; pero Abelardo era envidioso y no aceptaba escribir mal.

 -¡Qué envidia me da los que saben escribir! ¡Los odio! ¡Los odio!

Un buen día Abelardo tuvo una gran idea que pensó, serviríale para tranquilarle.
Sabido es que hasta los grandes maestros han escrito párrafos flojos, hasta los mayores genios de la historia han escrito fragmentos que no son nada del otro mundo. Abelardo pensó lo siguiente:

-Me voy a dedicar a recortar los párrafos flojos de los grandes novelistas de la historia. Eso hará disminuir mi rabia hacia su talento.

Y eso es lo que hizo. Empezó recortando con unas tijeras directamente del libro las únicas seis líneas flojas de “los hermanos Karamazov” de Dostoievski. Luego, lo mismo con los libros de Tolstoi, Cervantes, Unamuno… Balzac.

-ya tengo todos los trozos malos recortados.

Y dedicábase Abelardo a esos desafortunados fragmentos de los grandes genios. Porque nadie es perfecto. Y mientras los leía sentía satisfacción.
Y así pasaba las horas…, los días…, los años… A Abelardo le disminuía su dolor ante su falta de talento centrándose en los escasos defectos de los que realmente fueron grandes. Y eso queridos niños y niñas es algo que hacemos todos, que deberíamos de dejar de hacer porque el talento ajeno es algo que hay que celebrar. La inteligencia de los demás, aunque sea superior a la nuestra es algo de lo que tenemos que sentirnos orgullosos y agradecidos. Porque el talento da igual que sea ajeno o propio, pues hace la vida más hermosa.

Y colorín, colorado este cuento ha terminado.
Podéis escucharlo aquí.